Dos de los restaurantes recientemente inaugurados en Madrid acaparan comentarios, stories y posts en Instagram, así como muchas ganas de ir a conocerlos. Los he visitado recientemente y comparto con vosotras mi veredicto. ¿Realmente merecen la pena?

 

 

Bel Mondo. Un sistema de reservas que solamente funciona un día a la semana, complicaciones para hacerse con una mesa, colas de varios minutos en la puerta para acceder (aunque tengas confirmada tu reserva) y un hándicap verdaderamente molesto: solo dispones de una hora y media para comer o cenar. Transcurrido ese tiempo el personal se acerca amablemente hasta tu mesa para echarte. Sin demora ni contemplaciones. Si a todo ello hay que añadir que la comida que sirven es completamente irrelevante, ¿de verdad resulta imprescindible acudir a este restaurante que se ha convertido en una especie de lugar de peregrinación entre los foodies madrileños? La respuesta es SÍ. Hay que ir a conocerlo porque la puesta en escena es completamente espectacular. No le falta detalle a cada rincón. Escaleras, terraza, barras, salones, vegetación cual vergel, baños, vajillas, colorido, iluminación… Bel Mondo (Velázquez, 39) es una oda a la decoración y a los lugares en los que todo es bonito. O al menos, muy original. La pena es que apenas te da tiempo para recrearte o hacer unas fotografías en condiciones… Otro punto a su favor muy a tener en cuenta, son los precios populares de sus platos: se puede comer por veinte euros por persona. Las pizzas y la burrata (muy rica) se encuentran entre las mejores opciones. De su famosa pasta -la carbonara que terminan en la mesa en el interior de un queso pecorino-, lo mejor es el showcooking

 

Madame Butterfly. Es un local no muy grande, pero coqueto y especial, que está ubicado en pleno corazón de Chamberí (Luchana, 13 junto a la Glorieta de Bilbao). Un nuevo templo para las amantes de la cocina japonesa con un punto de fusión. El espacio se diferencia en varias zonas pequeñas, pero todas con encanto y decoradas con mucho gusto. En la entrada hay un precioso salón de té, colorido y acogedor. La zona de barra, perfecta para disfrutar de un buen cóctel, sirve de unión de las dos salas del restaurante. Por último, el salón del fondo es el más llamativo: ladrillo visto, luces de neón y un gran dibujo mural de Madame Butterfly. También disponen de terraza exterior, ahora que la mayoría preferimos comer o cenar al aire libre. Correcta relación calidad-precio en la carta y una variedad de platos bien seleccionados. ¿Qué hay que pedir sí o sí? La tortilla de patatas en tempura con atún rojo bluefin y trufa -la única en el mundo que se come con palillos y cuya mezcla de sabores funciona-; el bao burger de wagyu; los langostinos en tempura; los nigiri de huevo y trufa; los nigiri de sardina ahumada con salmorejo de mango; el salmón braseado con queso crema, aguacate, tartar de salmón, ikura y mayo-yuzu; el sashimi de pulpo a la brasa o los chipirones con mandarina, tallarines de mango y calabacín son algunos de los imprescindibles. En definitiva, un restaurante al que volver.